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Hubo un tiempo, muy lejano ya, en que los arquitectos fueron capaces de construir edificios plenos de significado que, precisamente por ello, colmaban de sentido los lugares en que se alzaban. Los arquitectos, por tanto, contribuyeron más que ningún otro profesional a hacer comunidad. Fue ésa la razón que permitió que aún hoy se conozcan los nombres de Ictinos, Fidias y Calícrates, los arquitectos que levantaron el Partenón, o incluso el de Imhotep, responsable de la construcción del complejo funerario de Zoser en Saqqara durante el reinado de la III Dinastía (2649-2575 a.C.), cuyo nombre, inscrito en el pedestal sobre el que se alzaba una perdida estatua del Faraón, es el más antiguo que se conoce de un arquitecto. Aun siendo pocos, los nombres son mucho más cuantiosos que los retratos de arquitectos que han llegado hasta nosotros, progresivamente acompañados de los instrumentos se convirtieron en imprescindibles atributos iconográficos de la profesión como escuadras, compases y plomadas. Esta especial tipología de los retratos de arquitectos es la que protagoniza “La mirada cómplice. Retratos de arquitectos”, el último libro de José Manuel Barbeito, editado por Fernando Villaverde Ediciones el pasado año. En sus páginas se suceden algunos de los más importantes retratos de arquitectos de la historia: Bramante, Palladio, Juan de Herrera, Inigo Jones, Bernhard Fischer y Claude Perrault, cuyos perfiles traza José Riello, quien además estudia la evolución en la consideración de la profesión de arquitecto desde la Antigüedad hasta la Edad Moderna.
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