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El Bosco incurrió en tantos excesos que no es extraño que su pintura no haya dejado de convocar algunas peregrinas hipótesis interpretativas. Entre las más célebres la que, en 1966, aventuró Wilhelm Fraenger al relacionar sus obras, en particular “El Jardín de las Delicias”, a la idiosincrasia de la secta de los Hermanos de la Vida Común, muy vinculada a la antiquísima herejía de los adamitas. Hoy sus hipótesis han quedado arrumbadas, pero han proliferado otras. Por ejemplo, en 1981, Laurinda Dixon relacionaba algunas de las fantásticas arquitecturas que pintó El Bosco con los instrumentos que empleaban los alquimistas coetáneos y que aparecían en las ilustraciones de los tratados de iatroquímica. Los especialistas han coincidido siempre al pensar que “El Jardín de las Delicias” no fue pintada para un ambiente sacro, considerando al conde Enrique III de Nassau (1483-1538) como su primer propietario. En su libro, cuya traducción del alemán al español acaba de publicarse en nuestro país, el historiador Hans Belting habla de que se dio una amistosa rivalidad entre Enrique y su amigo Felipe el Hermoso para conseguir obras de El Bosco y que ésta fue un encargo directo del primero para contrarrestar otro que le había hecho el segundo en 1504 de un “Juicio Final”. Es muy sugerente la hipótesis de Belting que hace de la tabla central una representación ficticia de la cesura que se da en el relato del Antiguo Testamento. Sospecha que El Bosco representó lo que pudo ser la vida del hombre de no haberse producido la Caída, es decir, si el hombre hubiera llevado a cabo los designios de Dios en el Paraíso. José Riello estudia la enigmática obra a la luz de las hipótesis formuladas por los especialistas para explicar las incógnitas en torno a su significado y a las circunstancias fue pintada.
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