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El 14 de enero de 1836, reinando en Francia Luis Felipe I, de la Casa de Orleáns, nacía en la ciudad de Grenoble, en el Delfinado, Ignace-Henri-Théodore Fantin-Latour, futuro artista destinado a una brillante carrera con los lápices y los pinceles, gran retratista y afinado cronista de ciertas personalidades de su época, soberbio impulsor del aprecio por los cuadros de flores, dentro del ámbito más amplio de la naturaleza muerta que cultivó con acierto, y sorprendente fabulador de sugestivas composiciones dentro de la temática wagneriana, la religión, la alegoría y la tradición clásica. Curiosamente, un artista de tantos y tan diversificados quilates, que dominaba la técnica con un apurado oficio y conseguía llevar al lienzo o al papel asuntos extraordinariamente logrados, con independencia de la anécdota que narrasen, desde las severas efigies burguesas a los ámbitos domésticos y desde los floreros rodeados de objetos cotidianos hasta las fantasías épicas y líricas de la mitología germánica, nunca ha figurado en el estelar empíreo de los grandes autores, cuando, con muchos menos méritos, otros colegas fueron alzados a glorificadas posiciones. Por el contrario, a Fantin-Latour se le emplaza en una posición discreta aunque importante, en razón de su vasta y singular producción. Con el tiempo, especialmente después de su muerte, su figura se fue acrecentando, gracias al estudio de una abundante documentación, a la recopilación y catalogación de su obra, a ciclos de conferencias y exposiciones y a su revalorización en el mercado internacional del arte. La exposición de Madrid es el resultado de una cuidada selección de piezas que abarca prácticamente todas las especialidades del autor en lo concerniente a temas y técnicas. Juan J. Luna profundiza en la obra de este artista, dándonos las claves para seguir la exposición.
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