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Al empezar la temporada de 1920, en París, un crítico escribió que la primavera no sería primavera sin los Ballets Rusos. En efecto, desde aquel lejano 19 de mayo de 1909 en que el primer espectáculo fue recibido con pasmo y admiración, la ciudad aguardaba con expectación cada nuevo programa que traía de la remota Rusia, además de un exotismo colorista, aires de renovación a un arte que parecía estancado y reducido a un papel secundario. En los veinte años de existencia de la compañía hasta la muerte de su creador, la sucesión de los coreógrafos, escenógrafos, músicos y libretistas, así como de las mismas ideas generadoras de cada uno de los ballets, marcan un camino que, dentro de la constante búsqueda de la novedad, que para Diaghilev llegó a constituir una obsesión, y de la sorpresa –no en vano dijo a Cocteau “Étonne-moi!” (“¡Sorpréndeme!”), un día de 1912– conduce inequívocamente de lo folclórico a lo vanguardista, de lo tradicional a lo experimental, de lo ruso a lo occidental, y ello a través de la creciente participación de creadores europeos, sobre todo franceses. La idea conductora de esta singular empresa artística es la plasmación de los más caros ideales de su promotor: Diaghilev hace realidad, de una manera aún más radical que Wagner, el concepto de “obra de arte total”. El éxito se debe, por una parte, a la armonía y perfecta coherencia entre los diversos elementos que conforman un espectáculo de este género y, por otra, al muy alto nivel logrado en los aspectos técnicos, interpretativos y conceptuales, cada uno de los cuales lleva, además, el sello de una personalidad original y poderosamente creativa. María Condor profundiza en la historia de los Ballets Rusos de Diaghilev, fijándose, al hilo de la exposición, en la colaboración que la compañía estableció con algunos de los más grandes artistas del momento: Picasso, Matisse, Bracque, Gris, Derain, Ernst, Miró, De Chirico y Rouault.
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