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La carretera comarcal serpentea al tomar el camino del sur y se introduce en un paraje extraño, una media luna blanca. Durante 20 kilómetros hay que bordear un leve promontorio siguiendo el contorno del mar, hasta que la carretera se tuerce abruptamente y obliga a cambiar de rumbo: hemos llegado a Rozel Point, coordenadas 41,437706N, 112,668942W. “La orilla del lago se convirtió en el borde del sol”, dice Robert Smithson, narrando la última fase de su viaje. El lago es el Gran Lago Salado (Great Salt Lake). “Este sitio era como un rotor que encerraba a su vez una inmensa redondez. Ninguna idea, ningún concepto, ningún sistema, ninguna estructura, ninguna abstracción podía tenerse en pie frente a la realidad de esa evidencia (...). De ese espacio giratorio surgió la posibilidad de la Spiral Jetty”. Las ruinas de la industria pesada convierten la soledad natural del lugar en concentrado de tristeza humana. El basalto negro marca con su línea de rotulador el final de la tierra. El horizonte es pleno y calmo. Allá abajo y no en otro lugar, el artista, como un conquistador que clavase su cruz ceremoniosamente en tierra virgen, hincó la rodilla (figuradamente) por primera vez un mes de abril de 1970. El sitio pide concretarse en su esencia, reconocerse, y toma una decisión: quiere ser espiral. El artista acepta. Desde el cielo, la Spiral Jetty se distingue como un brazo que prolonga los límites de la tierra y retiene el agua en un circuito de sombras. A esta obra del Land-Art la amenazan la ambición de las compañías petrolíferas de la zona, la movilidad de las aguas y la propia naturaleza pero, como explica Francisco J.R. Chaparro, puede que el desaparecer para siempre sea, a pesar de todo, el último acto de una tragedia necesaria.
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