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Podría temerse que una película tan inusual y desquiciada como “Easy Rider” fuera indigerible cuarenta años después. Que, en todo caso, fuera sólo una pieza curiosa que pudiera funcionar como testimonio de una convulsa época de cambios y de un modo rupturista de hacer cine. Conserva esas cualidades, pero la buena noticia es que también se conserva a sí misma en perfectas condiciones. “Easy Rider” fue el contenedor emblemático de los materiales de una década agitada y trepidante, marcada por la protesta y el rechazo juvenil a la sociedad convencional: los hippies, la contracultura, la rebelión estudiantil en Berkeley y París, las drogas, el sexo libre, todo eso y mucho más confluyó en profundos cambios sociales, artísticos y políticos. Por Manuel Hidalgo.
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