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Cuando el profesor Alfonso E. Pérez Sánchez y quien esto escribe comenzamos a trazar el discurso museológico de la exposición “El joven Murillo” para los Museos de Bellas Artes de Bilbao y Sevilla, teníamos muy claro que iba a ser un proyecto a largo plazo que requería un trabajo de investigación que intentara arrojar luz sobre el período más desconocido y menos valorado del artista. La imagen de Murillo ha estado adulterada por la ideología emanada del nacionalcatolicismo, que hizo de su pintura un verdadero estandarte, reduciéndola a una visión amable y dulcificada, gracias, especialmente, a sus “inmaculadas”, icono de devoción que se repitió hasta la saturación en los calendarios. Pero esa imagen almibarada nada tiene que ver con la realidad, y si hay que buscar un período en el que encontrar el germen de su arte y que de las claves de su futura producción, sin duda es el de su juventud, que va de 1640 a 1655, marco temporal de la exposición. Benito Navarrete Prieto analiza las referencias formativas de Murillo durante estos quince años, la influencia de su maestro Juan del Castillo y de la pintura de Francisco de Herrera el Viejo y de Zurbarán y la escultura de Montañés; las primeras obras que realizó, con un lenguaje propio dentro del naturalismo y manifestando una conciencia social sobre todo en los lienzos de niños y de tipos populares, para concluir con el seguimiento a sus obras, dispersadas por todo el mundo por cuestiones muy diversas.
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