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Cuando en 1948 se excavó el montículo del Tell Abu Shahrein de la ciudad de Eridu, en la que según la leyenda vivió Adán, los arqueólogos descubrieron una enorme montaña de ladrillos del siglo XXI a.C., con silueta externa de zigurat y una masa interior de ladrillos y adobes macizos que acumulaba dieciséis niveles de edificaciones superpuestas. En la más profunda desenterraron una capillita de adobe, construida hacia el año 4900 a.C., que quizás sea el primer lugar sagrado conmemorado por la arquitectura, y su envolvente en zigurat muestre la torre urbana más antigua del mundo. Convertidos en arquetipos intemporales, la diminuta capilla y el zigurat sumerios se revelan en las pautas compositivas de posteriores obras maestras del ladrillo. La inconsistencia de los muros de adobe agudizó el ingenio de los artesanos mesopotámicos. Para evitar su deterioro, emplearon morteros de asfalto y se aplicaron a la cocción y vidriado del ladrillo. Con el vidriado llegó la decoración y los muros se convirtieron en el soporte de la imagen y de la cultura. El ladrillo macizo cerámico fue el primer elemento de construcción normalizado de la historia, y ha llegado hasta nuestros días con cambios poco sustanciales basados en la cocción, el tamaño o la perforación de huecos en su interior. En la actualidad, el afán por la sostenibilidad ha inducido a la fabricación de ladrillos ecológicos amasados con detritus, con cáñamo y a la investigación en Silicon Valley de ladrillos verdes de hollín de carbón.
Mercedes Peláez López estudia el empleo del ladrillo en la historia y Enrique Domínguez Uceta destaca algunos de los más singulares edificios construidos con este material, como la Bolsa de Ámsterdam, el Ayuntamiento de Saynatsalo (Finlandia) y el Ministerio de Sanidad español, entre otros.
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