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Con él no erraría el famoso cliché periodístico, por una vez justificado: Paul Delvaux, ese gran desconocido. En nuestro país, permaneció casi inédito hasta las exposiciones del año pasado en el MUVIM y Museo Picasso de Málaga, cuyos textos de catálogo estrenan, prácticamente, la literatura en castellano sobre el artista. Y en el exterior, su presencia en las colecciones de arte más importantes sigue siendo escasa, negándosele el sitio en la pared que bien podría ocupar con más éxito un De Chirico o Magritte. Lo cierto es que, dada la longevidad del pintor (1897-1994), las retrospectivas se cansaron de esperar ocasiones solemnes y la eficacia de su pintura, que es para bien o para mal monotemática, se fue malogrando con el paso de los años, a medida que las excentricidades surrealistas dejaban de sorprender. Delvaux está tan cerca de la tradición como de la vanguardia y se diría que su fortuna crítica rememora la incomprensión mutua entre ambas esferas. Sus imágenes, envueltas de una atmósfera amniótica, aborrecen las turbulencias de la subversión. Sin duda, y de esto trata la exposición de los Museos Reales de Bélgica que da pie a este artículo –“Delvaux y la Antigüedad”–, lo meritorio de Delvaux es la convencionalidad de los elementos con que, precisamente, altera la propia convención del repertorio clásico. Desde que encontrara su estilo definitivo, alrededor de 1936, hasta el final de sus días, Delvaux ejercerá de pictor classicus infiltrado en la modernidad, sin necesidad de volantazos regresivos como los de su admirado De Chirico. Francisco J.R. Chaparro explora la relación existente en el pintor y el mundo clásico, manifiesta a través de los inquietantes lienzos que reúne la exposición de Bruselas.
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