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Tenemos hoy la sensación de que con la construcción de la Torre Eiffel comenzó todo, o al menos eso a lo que llamamos modernidad, a pesar de que iniciara a cimentarse en una fecha tan tardía como fue el 26 de enero de 1887. En mayo de 1866 se había anunciado, en el periódico oficial, un gran concurso para “estudiar la posibilidad de alzar sobre el Champ-de-Mars una torre de hierro, de base cuadrada, de 125 m de lado por 300 m de altura”. El motivo principal era la celebración de la Exposición Universal, que tendría lugar en París entre mayo y octubre de 1889, para conmemorar el primer centenario de la toma de la Bastilla y, por tanto, el comienzo simbólico de la Revolución Francesa. Pero, sin duda, sería también el momento idóneo para que el gobierno de la Tercera República pudiera mostrar al mundo la potestad francesa en lo que se refería a la industria del hierro y, por tanto, a las nuevas tecnologías. Entre los 107 proyectos que se presentaron, fue elegido el de la compañía Eiffel & Co, dirigida por Gustave Eiffel (1832-1923), quien, hasta el momento, se había destacado como constructor de alguna estación ferroviaria, como la del Oeste en Budapest, pero sobre todo como ingeniero de puentes y viaductos. A la postre eso es lo que parece la Torre Eiffel: un enorme puente hacia el cielo, teniendo en cuenta que fue él quien diseñó la estructura interna de la Estatua de la Libertad. José Riello desgrana las particularidades del famoso monumento, que tuvo que enfrentar numerosas críticas a su construcción.
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