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En la película “Desde el jardín”, basada en una novela de Jerzy Kosinski, Peter Sellers interpreta a un extraño hombrecillo que, después de pasar toda su vida al cuidado de un jardín, se topa de bruces con una realidad que le resulta totalmente indiferente. Pero, para sorpresa del espectador, sus comentarios son considerados por la alta sociedad profundas metáforas botánicas, lúcidamente impregnadas de una sencillez reveladora casi Zen:
“–¿Cree posible estimular el crecimiento con incentivos temporales? –pregunta, preocupado, el presidente de Estados Unidos.
–Siempre y cuando las raíces no estén dañadas, no hay problema”.
Pues bien, en algo recuerda este exagerado personaje al último Claude Monet, el que guarece su vejez enclaustrado en la casa-jardín de Giverny, atento al pasar de las horas sobre rosales fragantes, capturando el declinar caprichoso de las luces sobre el estanque poblado de nenúfares. Monet dedica lo que le queda de su maltrecha vista al escrutinio de colores, que aplicará sobre el lienzo en un impulso memorioso y rápido. Fuera está el mundo, la Gran Guerra ha estallado. Dentro, una deliciosa brisa mece al unísono los árboles, que liberan su carga sobre la piel del agua. Y en ese caso, ¿a quién corresponde el papel de ingenuo en esta analogía cinematográfica? En los años 50, el gran público estadounidense todavía está masticando el bocado difícil de Pollock, coronado rey de la pintura moderna por la crítica formalista, cuando los museos norteamericanos empiezan a restituir la figura del último Monet, pastoso, enérgico, desbordante. Su interminable serie de nenúfares no era después de todo un divertimento de pintor ocioso en su vejez, ¡eran una brillante premonición! Monet había creado, sin saberlo, un pasado aceptable para el expresionismo abstracto. Francisco J.R. Chaparro toma el pulso a esta reconversión a hito de la abstracción contemporánea de Monet, siguiendo, entre otras, las huellas de su pintura en la Escuela de Nueva York. |