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Factores como la fortuna crítica, el conocimiento del público, la labor de los marchantes y el irregular canje de valores estéticos por la divisa de valor en el mundo real –dinero– que ejerce el coleccionismo, determinan efectivamente el discurso del arte en el papel de actores cada vez menos secundarios. Es posible, por eso, que los artistas más vilipendiados del momento, los que ponen a prueba la tolerancia de un sistema sin reglas utilizando al propio sistema como estrategia –Koons, Hirst, Murakami…– estén siendo, quizás a su manera, los primeros en institucionalizar la caída del otro gran dogma después del de la figuración. Esto viene a cuento de la soberbia exposición “De Matisse a Malevich. Pioneros del Arte Moderno”, que el Ermitage de Ámsterdam dedica a una selección de pinturas que retrata el devenir de las vanguardias históricas a principios del siglo XX. Obras, en su mayor parte, que proceden de las colecciones de Sergey Shchukin (1854-1936) e Ivan Morozov (1871-1921). En una Rusia conservadora, casi asomada al tajo histórico de 1917, estos dos coleccionistas tendieron un puente de plata a la difusión de las vanguardias, contradiciendo al gusto rancio de la sociedad de su tiempo. De esta empresa sobreviven, sin exagerar, tres centenares de obras soberbias, pero también los frutos de su defensa de la centralidad artística de las vanguardias, circunstancia que convierte por méritos propios a Shchukin y a Morozov en heraldos de la modernidad pero en sus primeros mártires. Francisco J. R. Chaparro narra la peripecia de estos dos coleccionistas y sigue la suerte que corrieron las piezas de su propiedad, tras ser nacionalizadas por el Estado.
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