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La carrera del fotógrafo Jacques-Henri Lartigue (Courbevoie, 1894-Niza, 1986) encierra cierta paradoja. Reconocido como “maestro de maestros”, fue un creador precoz que realizó sus primeras imágenes a los 6 años. Pero sólo al llegar a los 68 años, empezó a considerarse un “fotógrafo”, al dedicarle el MoMA de Nueva York, en 1963, su primera retrospectiva. Esta singularidad de su carrera puede explicarse en parte por el propio carácter de Lartigue, que se definió siempre como un simple amateur. Sin embargo, no dejó nunca de retratar todo lo que le llamaba la atención en su entorno cotidiano, desde que tenía uso de razón y hasta pocas semanas antes de morir, a los 94 años. Para mayor sorpresa de todos, esta vocación de diletante no le impidió recopilar de forma metódica sus miles de fotografías en una serie de álbumes. Un legado inmenso, que constituye un patrimonio extraordinario de casi 100.000 negativos, hoy propiedad del Estado francés. La obra de Lartigue, que se puede descubrir en la gran antológica de CaixaForum en Barcelona, narra de alguna forma una crónica familiar, a través de la que refleja la historia gráfica de todo un siglo, vista y registrada por un testigo privilegiado, perteneciente a la alta burguesía francesa, que retrata escenas de su entorno más personal: excursiones con amigos elegantes a los balnearios de moda, carreras de coches y exhibiciones de los pioneros de la aviación. Una visión despreocupada de la vida que no elude evocar también las grandes tragedias de la Primera y Segunda Guerras Mundiales. Marie-Claire Uberquoi repasa la vida y la carrera del fotógrafo y las innovaciones técnicas que éste introdujo.
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