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Con las manos temblorosas por la excitación, la periodista Berta Zuckerkandl intentaba mantener la compostura mientras registraba en su cuaderno el torrente verbal que se había desatado ante ella aquella mañana de abril de 1905. “Klimt recorría la estancia hecho una furia –recuerda– Nunca olvidaré el magnífico espectáculo de aquella tormenta atronadora”. Horas antes había leído en un diario de la competencia que el maestro se había atrincherado en su estudio, escopeta en mano, para impedir que el Estado reclamara sus pinturas para el Aula Magna de la Universidad de Viena. Cuando llegó no vio escopeta alguna, pero sí a un Klimt iracundo que caminaba en círculo alrededor de sus tres desgracias. Esos tres lienzos para la universidad eran los más ambiciosos y geniales de su pintura simbolista; posiblemente de toda su carrera. Sin embargo, la crítica conservadora había vertido ríos de ponzoña contra ellos y el Ministerio de Educación, aunque en público le apoyaba, en privado le daba a entender que se había convertido en un estorbo. Esa mañana, harto de polémicas, realizó un alegato contundente y definitivo contra la politización del arte: “Quiero enfrentarme al modo en que el Estado austriaco, el Ministerio de Educación, trata y despacha los asuntos artísticos. Se aprovecha de cualquier ocasión para ir contra el arte de verdad y los artistas de verdad. Sólo se protege el trabajo falso y de poco mérito”. Ahora, ciento cincuenta años después de su nacimiento, Viena le dedica el mayor despliegue expositivo de su historia, una rendición, definitiva y sin condiciones, ante Klimt. Rafael de las Cuevas revisa la obra de Gustav Klimt en un apasionante viaje a la Viena de entonces y a la actual, que rinde homenaje al creador en el 150 aniversario de su natalicio.
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