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pesar de los saqueos, los abandonos, las construcciones modernas
y la reutilización de las estructuras antiguas, Tarragona
ha sabido mantener el importante legado arquitectónico romano
existente en la ciudad. Un legado que, en ocasiones, revela los
valores urbanísticos sobre los que se ha asentado la población
actual.
Los monumentos que han sobrevivido recuerdan cómo debió
ser la localidad entre el siglo I a.C. y III d.C., un período
en el que incluso llegó a ser capital del Imperio romano,
cuando el emperador Augusto residió en ella durante tres
años. En aquella época, los 40.000 habitantes que
estaban censados en Tarraco disfrutaban de unas construcciones que,
según Tácito, sirvieron de modelo para el resto de
las provincias.
En el número de septiembre, Pilar Borrás explica
las circunstancias que motivaron la elección de Tarragona
como un enclave estratégico romano y analiza los dos conjuntos
monumentales de la ciudad: la Acrópolis (el recinto urbano
rodeado de murallas en el que se encontraba el templo de Júpiter-Amón,
el Forum provincial, el Pretorio, el Circo, el Anfiteatro, el Teatro
y el puerto) y la Necrópolis (con el resto de los espacios
dedicados a los enterramientos, la torre de los Escipiones, el Mausoleo
de Constantino). El reportaje se completa con una infografía
que reconstruye el aspecto de la ciudad de Tarraco en su época
de máximo esplendor.
Las más de 10 páginas del artículo están
ilustradas con algunos de los monumentos y piezas que se conservan
en la ciudad, que en su día fue la primera fundación
romana en ultramar. Desde ella se inició la romanización
del resto de la Península.
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