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A
finales de abril de 1883, Monet se instaló en Giberny junto
a Alice Hoschedé y los hijos que ambos habían tenido
en sus respectivos matrimonios. Los dos años anteriores los
había pasado en Poissy, un lugar al que no había llegado
nunca a adaptarse.
En Giberny, situado en el departamento del Eure, en los confines
de Île-de-France y Normandía, reencontró la
orilla derecha de Sena y se sintió inmediatamente feliz:
"Estoy como en un encantamiento, Giverny es una tierra espléndida
para mí", le escribió antes de que pasara un
mes a su amigo Duret.
La casa que el pintor alquiló en Giberny tenía un
huerto, de una hectárea, en el que había árboles
frutales y plantaciones de patatas y legumbres. El pintor no llegaría
a hacerse con la propiedad hasta 1890, pero, nada más llegar,
hizo arrancar los árboles, suprimió las antiguas plantaciones,
y, tras rediseñar el terreno con una ordenación claramente
geométrica, comenzó a crear un espléndido jardín
en el que al principio cultivó sólo flores locales
(rosas, dalias, capuchinas, gladiolos), pero al que, hacia finales
de siglo (cuando, según Guillemot, leía más
catálogos y tarifas de los horticultores que los artículos
de los estetas), había incorporado ya especies tan exóticas
como adormideras orientales o anémonas japonesas.
José Álvarez Lopera, profesor de Historia del Arte
de la Universidad Complutense de Madrid, recuerda cómo fue
la época del pintor francés en Giberny, que para Marcel
Proust llegó a ser un jardín de tonos y colores, más
que de flores.
En él, Monet pudo representar la significación suprema
de su arte y su adoración del Universo.
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