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Monet en su jardín

El 5 de diciembre de 1926, fallecía Claude Monet en Giberny, un jardín que el artista había convertido en el centro de su universo pictórico y donde había vivido y pintado durante cuarenta años.

 

A finales de abril de 1883, Monet se instaló en Giberny junto a Alice Hoschedé y los hijos que ambos habían tenido en sus respectivos matrimonios. Los dos años anteriores los había pasado en Poissy, un lugar al que no había llegado nunca a adaptarse.

En Giberny, situado en el departamento del Eure, en los confines de Île-de-France y Normandía, reencontró la orilla derecha de Sena y se sintió inmediatamente feliz: "Estoy como en un encantamiento, Giverny es una tierra espléndida para mí", le escribió antes de que pasara un mes a su amigo Duret.

La casa que el pintor alquiló en Giberny tenía un huerto, de una hectárea, en el que había árboles frutales y plantaciones de patatas y legumbres. El pintor no llegaría a hacerse con la propiedad hasta 1890, pero, nada más llegar, hizo arrancar los árboles, suprimió las antiguas plantaciones, y, tras rediseñar el terreno con una ordenación claramente geométrica, comenzó a crear un espléndido jardín en el que al principio cultivó sólo flores locales (rosas, dalias, capuchinas, gladiolos), pero al que, hacia finales de siglo (cuando, según Guillemot, leía más catálogos y tarifas de los horticultores que los artículos de los estetas), había incorporado ya especies tan exóticas como adormideras orientales o anémonas japonesas.

José Álvarez Lopera, profesor de Historia del Arte de la Universidad Complutense de Madrid, recuerda cómo fue la época del pintor francés en Giberny, que para Marcel Proust llegó a ser un jardín de tonos y colores, más que de flores.

En él, Monet pudo representar la significación suprema de su arte y su adoración del Universo.





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