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En
el otoño de 1888, en una ciudad del Sur de Francia, Arles,
famosa hasta entonces por sus restos romanos, chocaron dos mitos,
Vincent Van Gogh (1853-1890) y Paul Gauguin (1848-1903), un loco
y un salvaje.
Como no podía ser de otro modo, el encuentro fue brutal.
¿Los resultados más aparatosos? Una oreja cortada
envuelta en papel de periódico y ofrecida a una mujer como
regalo y uno de los cuadros más caros de toda la historia
de las subastas; unas decenas de pinturas que despertaron poco interés
en su momento, pero que llevan un siglo conmoviéndonos, y
dos maneras de acercarse a la misma realidad y transformarla por
caminos distintos, aunque igual de libres, contundentes y modernos.
La llegada de Gauguin a Arles no se pudo producir en un momento
más oportuno: justo cuando Van Gogh escribió por primera
vez a su hermano Theo sobre la locura, en una carta en la que contaba
todo lo que pintaba y se comparaba con otro pintor loco, Van der
Goes.
Aunque la llegada el 23 de octubre fue cordial y los primeros días
tranquilos, el entusiasmo de Van Gogh por el Sur no encontró
buena acogida en Gauguin. Él prefería el Norte, la
región de Bretaña (de donde venía), y el Trópico
(donde ya había estado en 1887). Se sentía como un
extraño en Arles, todo lo encontraba pequeño y mezquino,
"tanto el paisaje como la gente". Van Gogh, mientras tanto,
le enseñaba entusiasmado el pueblo y los alrededores, tratando
de hacérselos amables.
La convivencia, probablemente, llegó a ser demasiado prolongada
y una noche, en el Café que los dos pintaron, el holandés
trató de estampar un vaso de ajenjo en la cabeza de Gauguin.
A la mañana siguiente, Van Gogh le pidió perdón,
pero Gauguin ya había decidido marcharse.
¿Cómo nos habla hoy en día la obra de los dos
artistas, sobre aquellos difíciles tiempos de convivencia?
María de los Santos García Felguera, de la Universidad
Complutense de Madrid, analiza en este número la relación
entre los dos artistas.
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