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Leonardo
da Vinci (1452-1519) se convirtió ya desde su propio tiempo
-y tal visión se ha mantenido hasta nuestros días,
cuando el próximo día 15 de abril se cumplan exactamente
quinientos cincuenta años desde su nacimiento- en el más
conocido exponente del "uomo universale" del Renacimiento,
capaz de interesarse y cultivar todas las ramas del saber: pintor,
escultor, arquitecto e ingeniero civil y militar; inquieto inventor
de máquinas de todo tipo e investigador de la naturaleza
física y, sobre todo, en sus pinturas, de la naturaleza humana.
Pero Leonardo da Vinci fue, a la vez, un hombre de su tiempo, el
único capaz de justificar aquéllos y de explicarlo
a él mismo sólo en su propio contexto histórico,
aunque no constituyera una figura que pudiera, por el contrario,
definir -al constituir una verdadera excepción- su propia
época, la Florencia y el Milán de finales del Quatrocento
y de las primeras décadas del Quinientos.
Quizá por ello no podamos sacarlo de sus circunstancias,
para mantenerlo en las vitrinas de la genialidad intemporal como
una reliquia, como un adelantado precursor de todo tipo de experiencias
e inventos científicos -algunos de los cuales no tuvieron
durante su vida sino una finalidad lúdica, jamás teórica
o pragmática-, y en consecuencia olvidar sus intereses e
investigaciones abstrusas y en absoluto modernas.
Fernando Marias, catedrático de Historia del Arte de la
Universidad Autónoma de Madrid, rememora en este número
de Descubrir el Arte la vida y la obra del hombre más fascinante
del Renacimiento y propone una nueva mirada sobre su figura, alejada
de los tópicos y de las verdaderas causas que guiaron las
decisiones del artista italiano.
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