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Desde finales de la
Edad Media y, sobre todo, a partir del Renacimiento, los pintores
comenzaron a convertir sus rostros en tema frecuente de su producción
artística, algunos de ellos, como Rembrandt, de una forma
obsesiva.
Rembrandt, junto a Rubens, empleó el autorretrato como una
especie de autobiografía de sí mismos, de sus mujeres
e hijos y de su círculo de amigos. Pero los primeros autorretratos
de los pintores europeos habían nacido con otra finalidad.
Si un día cualquiera, paseando por las salas de pintura
flamenca del Museo del Prado, observamos el maravilloso tríptico
de "La adoración de los Magos" de Hans Memling,
quizá reparemos en la presencia de una pequeña figura
situada a espaldas del rey negro y de la que apenas podemos ver
algo más que su rostro asomando por detrás de una
de las ventanas del pesebre, para convertirse en testigo excepcional
de aquel acontecimiento.
No es casualidad; el pintor lo ha dispuesto así, porque
aquel pequeño personaje que apenas acaba de alcanzar ese
aún mínimo grado de independencia preciso para destacar
entre la multitud innominada que acompaña a los Magos no
es otro que él mismo, Hans Memling, el propio pintor, que
al "firmar" la tabla con su rostro pretende dejar constancia
de que él es el autor.
¿Cuáles fueron las intenciones de Durero, Mantegna,
Lippi, Perugino, Berruguete, Leonardo da Vinci, Caravaggio, Rafael,
Van Dick, Velázquez y Goya, entre otros grandes maestros
en el arte del retrato?
Miguel Morán Turina, profesor de Historia del Arte de la
Universidad Complutense de Madrid, estudia en este número
los mejores autorretratos de la Historia del Arte, sus creadores,
y analiza su evolución a lo largo de los siglos.
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