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El
11 de septiembre, hace ahora un año, Nueva York vivió
la peor tragedia de su historia. En medio de aquel caos, muchos
fotógrafos vomitaron imágenes de una gran belleza
plástica.
No era la primera vez que los artistas fijaban su mirada en los
desastres para poner en pie sus obras. Así, los historiadores
del arte consideran al impresionante cuadro de Théodore Géricault
"La balsa de la Medusa", inspirado en un naufragio acaecido
en 1816, como un hermoso manifiesto insuperado de la pintura romántica.
Algunos críticos, además, valoran "Las matanzas
de Quíos", de Delacroix, como una de las obras más
bellas de su autor.
Estos juicios no debieran sorprender, pues los artistas de aquella
época tenían perfectamente asumido el juicio estético
que Aristóteles había establecido acerca de las tragedias.
El sufrimiento humano, en definitiva, puede ser una fuente de inspiración
y de elaboración espectacular.
Cuando el cine nació en las postrimerías del siglo
XIX, heredó este vector espectacular ya implantado en la
sociedad, pero lo puso sobre todo al servicio de una estrategia
sensacionalista y mercantilista, capaz de atraer a las masas a las
taquillas; un colchón mediático sobre el que al fin
y al cabo se ha edificado la imaginería del 11-S, como un
inquietante "déjà vu" que ha pasado a metamorfosearse
súbitamente en una tragedia colectiva real.
Román Gubern y Marie-Loup Sougez analizan la estética
del horror a lo largo de la Historia del Arte, aquellas imágenes
que han impactado al mundo a lo largo de las últimas décadas
y que se han convertido, con el paso del tiempo, en auténticos
iconos de la cultura universal.
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