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Desde
hace más de cincuenta años, la obra escultórica
de Eduardo Chillida se ha ido constituyendo como una obra que se
ha dirigido al silencio y que ha exigido la concentración
del espacio alrededor. Lo documentan los mismos títulos de
sus obras desde comienzos de los años 50, - "Espacios
Sonoros", "Elogio del Aire", "Gran Temblor"
-, a los actuales "De Música" y "Lo profundo
es el aire", por ejemplo.
Chillida supo que el material del escultor es el espacio y es el
vacío, y que con ellos se construyen lugares cargados; como
supo que el material y la música es el sonido y el silencio.
Desde su muerte, el 19 de agosto, no sólo la obra del artista
vasco sino también su vida han regresado al silencio y a
la materia de sus "lurras", a la tierra originaria.
Kosme de Barañano, director del IVAM, amigo y conocedor
como pocos de la obra de Chillida, ofrece en este número
a los lectores de "Descubrir el Arte" las claves para
entender la obra del escultor vasco, cuyos restos descansan desde
el pasado 21 de agosto bajo un gran magnolio y una cruz de hierro
que el mismo diseñó en el Chillida leku, "el
lugar de Chillida". Barañano analiza la estancia de
Eduardo Chillida en el París de finales de los años
cuarenta y comienzos de los cincuenta -que le permitió conocer
en directo la modernidad internacional de la época, entonces
inaccesible en España- y el espíritu que encierran
sus obras más representativas.
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