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En
la recién clausurada muestra del Reina Sofía "Los
ismos de Ramón Gómez de la Serna y un apéndice
circense", se dedicó una sección al "Jazzbandismo",
uno de los veinticinco ismos que el genial escritor madrileño
incluyó en su célebre libro de 1931. En ella se mostraron
carteles de Josephine Baker, partituras, la funda de un disco del
año de Maricastaña, y el extraordinario álbum
de litografías "Le tumulte noir", de Paul Colin.
Ramón, sensible al arte de cubistas, dadaístas y
surrealistas, también lo fue al aire de su época.
Y su época, época de culto a la máquina, a
la velocidad, a los paquebotes, a la nueva arquitectura, a la nueva
fotografía, a los cactos, al cine y muy especialmente al
de Charlot, estaba asimismo fascinado por el jazz y su "magia
negra", por decirlo con un significativo título de Paul
Morand. Ramón fue quien presentó en Madrid, disfrazado
de negro, la primera película sonora de la historia, "El
cantante de Jazz".
Los años diez, veinte y treinta fueron años de contagio
del jazz sobre todas las esferas de la cultura. La música
culta se adueñó entonces con voracidad de esa música
popular, negra, salvaje y marginal. Dalí, Gasch y Montanyá
reivindicaron el jazz, junto a otros ingredientes del "esprit
nouveau", en su "Manifiesto antiartístico catalán",
de 1928.
Con motivo de la celebración del 75 aniversario del estreno
de "El cantante de Jazz", "Descubrir el arte"
se adentra en este número en los clubes donde arte y música
fueron capaces de fusionarse de manera admirable. Diego Sánchez-Cascado
rememora el ambiente que recibió aquella música en
el Viejo Continente, en las primeras décadas del siglo XX,
y analiza su presencia en las artes plásticas.
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