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La
expansión militar y política de Roma a partir del siglo II a.C. le
puso en contacto directo con otras culturas y otro modo de entender
el arte al servicio de los dioses y el Estado. Sería instrumento de
propaganda de los dirigentes republicanos y, posteriormente, de los
imperiales. En el siglo I d.C., el emperador Augusto se destacó en
este aspecto, multiplicándose las imágenes con sus efigies y los
relieves conmemorativos.
Su proclamación como Augustus en el año 27
a.C. y sus sucesivas victorias -como la batalla naval de Actium-
fueron ampliando los dominios de Roma en España, Galia, Panonia o
Germania, además de lograr la pacificación en algunos territorios
del Mediterráneo. En paralelo, se activó la maquinaria
propagandística del emperador, centrada, una vez más, en exaltar
su figura mediante el arte. La acumulación de armas, escudos,
yelmos, flechas y corazas, sobra las que se posa un águila con las
alas abiertas en toda su majestad, cuyas garras atrapan el rayo de
Júpiter, simbolizaron el poder militar de Roma como divinidad
suprema sobre la tierra.
"La Apoteosis de Claudio",
escultura de mármol romano-imperial y barroca que exhibe el Museo
del Prado, es uno de los mejores ejemplos de aquel arte. En sus
orígenes, la escultura se encontraba en la villa de campo del
general Marcus Valerius Corivinus, vencedor de Marco Antonio en la
batalla de Actium. En 1664, fue regalada a Felipe IV y ubicada en su
despacho de la Torre Dorada del Alcázar de Madrid. Desde entonces,
estuvo considerada como una de las obras más importantes de la
colección real. Ahora, tras cuatro años de investigaciones y
restauraciones, el Museo del Prado ha presentado la nueva versión
del monumento restaurado. Isabel García, historiadora del
Arte, presenta en este número los detalles del proceso restaurador
y la simbología y contenidos del conjunto.
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