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Con
el título de "La verdad de las máscaras", en el mes de
mayo de 1885 aparecía un artículo de Oscar Wilde en la revista
mensual "The Nineteenth Century". El subtítulo de aquel
artículo, "Shakespeare en ropa de escena", resulta más
adecuado a su contenido, pero lo cierto es que aquel sugestivo
título de Wilde, siempre dispuesto a la exaltación de la mentira
como núcleo argumental del arte, desvela uno de los temas centrales
del carnaval en el mundo contemporáneo: el dilema entre verdad y
mentira, entre lo real y lo ilusorio, entre lo lícito y lo
ilícito.
A lo largo de los siglos, se han atribuido al carnaval tanto
valores como peligros y ambos han ido variando de acuerdo con la
evolución de los valores sociales. En la era contemporánea, es
decir, desde la Ilustración a nuestros días, el carnaval ha
adquirido connotaciones propias, diferenciadas de las de épocas
anteriores. La modernidad se había iniciado con una revolucionaria
defensa de la iluminadora razón, capaz de poner en cuarentena todas
las supersticiones, incluyendo religión y monarquía. Y en aquel
contexto, el carnaval, un persistente resto de usos y costumbres
anteriores, suponía el festivo contrapunto de aquel esfuerzo
educador.
Pero a medida que la sociedad occidental fue haciendo suyos los
valores laicistas de los ilustrados, el carnaval modificó su
significado convenientemente hasta llegar a convertirse, sobre todo,
en sinónimo de trasgresión, tanto individual como colectiva. María
Dolores Jiménez-Blanco repasa en este número la influencia de
la fiesta popular por excelencia en la obra de artistas tan dispares
como Goya, Gutiérrez Solana, Ensor y Picabia, entre otros. El
pintor Roberto González, además, continúa la tradición y
se disfraza en exclusiva para "Descubrir el Arte".
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