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Para
una mayoría de españoles de cierta edad, el nombre del pintor
Julio Romero de Torres seguramente evoca todavía aquel viejo
billete de cien pesetas, con su circunspecto retrato de artista
patrio, los versos de una copla, donde se cantaba que había pintado
a "la mujer morena", con "los ojos de misterio y el
alma llena de pena", y la reproducción de alguno de sus más
provocadores desnudos femeninos sobre un grasiento calendario
abandonado en un solitario bar de carretera de ambiente dudoso.
Nunca ha dejado de llamar la atención que la iconografía de un
pintor culto, fallecido en 1930 y relacionado con muchos
intelectuales de su época, terminara por servir, durante la
posguerra, como imagen estereotipada del dinero, el sentimiento
popular y el deseo masculino.
Pero lo más sorprendente estaba todavía por venir: ¿Quién iba
a decir, a todos aquellos que han mirado con ignorantes ojos
prevenidos aquellas imágenes, acusadas de rancias por los esnobs de
los años setenta, que un buen día se iban a relacionar con Picasso,
Giorgio de Chirico, Edward Hopper, Otto Dix o Paul Delvaux? Pues ese
día ha llegado. Carlos Reyero analiza en este número las
profundas raíces simbolistas del arte de Romero de Torres, que lo
alimentaron durante toda su vida, con motivo de una serie de
exposiciones que, durante tres meses y en siete sedes diferentes, va
a organizar la ciudad de Córdoba, con el reto de proyectar una
nueva mirada sobre la obra de este artista culto y provocador.
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