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Bartolomé
Esteban Murillo (1617-1682) comenzó su formación artística con el
pintor Juan del Castillo. Poco después, tanto en Sevilla como en la
Corte madrileña, entró en contacto con obras italianas y flamencas.
Seguidor de la tradición de la escuela andaluza, comenzó a practicar
una pintura de un marcado naturalismo tenebrista. En paralelo, sus
composiciones se llenan de escenas y detalles tomados de la vida
cotidiana.
En la década de los sesenta destaca por una
riqueza cromática y lumínica, que le convierten en el pintor de la
delicadeza y la gracia femenina e infantil, encarnando así un tipo
de devoción burguesa y sentimental muy propia del sentir religioso
de su época.
En su obra, destacan sus Inmaculadas y las escenas infantiles donde
rehúsa cebarse en la pobreza de estos personajes, para centrarse en
el lado amable, tierno y menos violento de la realidad.
Hacia 1655 pintó “San Lesmes”, un óleo sobre
lienzo de 243,5 x 179 centímetros conservado en el Museo de Bellas
Artes de Bilbao, que ha sido sometido recientemente a una cuidadosa
labor de limpieza y restauración y que es una de las piezas más
reseñables de la exposición “Zaindu-El museo restaura”.
Isabel García, historiadora del Arte, analiza en este número
los detalles de la pintura, la preocupación por el colorido y la
factura suelta y ligera de Murillo, la estructura y la composición
del cuadro y el proceso de restauración al que ha sido sometida por
el Departamento de Conservación y Restauración del Museo, que ha
permitido devolver la brillantez de los colores y el volumen a las
figuras.
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