|
Sólo
tenía 37 años cuando, enfermo y loco, se quitó la vida. Durante los
últimos años había pintado compulsivamente, en un intento
desesperado por alcanzar la belleza. Entre 1885 y 1890, año en que
murió, Van Gogh se había autorretratado de forma obsesiva nada menos
que en cuarenta y tres ocasiones, como queriendo descubrir el paso
del tiempo en su propio rostro. Son autorretratos de medio cuerpo,
muchas veces con sombrero, sin fondos, sin aditivos, algunos casi
clónicos. Van Gogh sólo ante Van Gogh.
“Se dice que es difícil conocerse a sí mismo,
pero tampoco es fácil pintarse a sí mismo”, escribía Vincent a su
hermana unos meses antes de morir. La soledad del artista. La
soledad del genio recluido en el manicomio, asumiendo su propia
locura como una enfermedad.
Una soledad únicamente rota por la incesante
comunicación a través de cientos de cartas con Théo, su hermano
menor, su confidente y su mecenas. Desesperado (y solo, siempre
solo), Vincent decidió huir para siempre de sí mismo aquel 1890. Era
29 de julio, un caluroso día de verano. Le dieron sepultura en una
ceremonia apresurada y casi clandestina en el cementerio de Auvers-sur-Oise.
Su hermano Théo, su confidente, que le sobrevivió apenas un año,
pidió ser enterrado en el mismo cementerio, en una tumba paralela.
Pero hoy todo ha cambiado. Sus obras se cotizan
en millones de euros y su atormentada vida ha sido llevada al cine.
El mundo entero celebra este mes de marzo el 150 aniversario del
nacimiento de Van Gogh. Holanda, su país de origen, donde Vincent
nunca quiso vivir, ha organizado dos grandes exposiciones
conmemorativas y se ha puesto en marcha la “vangoghmanía”.
“Descubrir el Arte” celebra también este
mes de marzo el aniversario del gran pintor. Manuela Mena y
Javier Goñi recuerdan en dos reportajes la vida, la obra y la
relación que Vincent mantuvo con su hermano; y seis escritores
españoles (Martín Casariego, Clára Sánchez, Luis G.
Martín, Lourdes Ventura, Félix Romeo, Gustavo
Martín Garzo) envían sus “cartas” al pintor de “Los Girasoles”.
|