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Alexander
Calder (1898-1976) nace en Filadelfia y se traslada a París a
principios del siglo XX; es compañero de viaje de Joan Miró, así
como de Jean Arp en los últimos intentos de renovación y
resurgimiento del movimiento surrealista.
Artista de gran originalidad, logra definir el
volumen escultórico a través de delgadas planchas de hierro que
corta, dibuja y ensambla, en el empeño de incorporar movimiento y
tiempo a su escultura.
Según sus palabras, pensaba que “la ilusión del
movimiento tanto en la pintura como en la escultura era una
preocupación compartida por los artistas de su época y que este
movimiento era uno de los elementos fundamentales de la
composición”.
Como “escultor del tiempo” y “relojero del
viento”, y otros hermosos versos, definió Jacques Prévert a
Alexander Calder y sus obras y le convirtió también en pajarero del
hierro, domador de fieras negras, ingeniero risueño, arquitecto
inquietante.
Podría haber seguido, incluso es posible que se
le olvidara que también era capaz de ser escultor del agua (“Walter
Ballet”, Detroit, 1954) y del mercurio (Pabellón de España en la
Exposición Internacional de París, de 1937) cuando tuvo ocasión de
diseñar y construir algunas fuentes memorables.
Con motivo de la retrospectiva que sobre su
obra organiza –desde este mes de marzo, y hasta el próximo 7 de
octubre– el Museo Guggenheim de Bilbao, Delfín Rodríguez Ruiz
y el escultor Martín Chirino analizan en este número el
ideario y trayectoria personal de uno de los artistas más singulares
del pasado siglo XX.
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