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Lugar
de encuentro de las artes españolas, la Real Academia tiene en su
“nómina” a arquitectos como Fernando Chueca Gotilla, músicos como
Teresa Berganza y cineastas como Luis García Berlanga, pasando por
historiadores como Antonio Bonet Correa, arqueólogos como José Mª
Luzón y artistas como Alberto Schommer, Antonio López y Antoni
Tàpies. Todos ellos se reúnen cada lunes para debatir, discutir y
dictaminar sobre aspectos más o menos relevantes del arte y emitir
juicios críticos, con más o menos trascendencia para la sociedad.
Aunque la conjunción de todos estos nombres
podría hacer pensar en ella como un escenario para la erudición, lo
cierto es que, a los ojos del gran público, los académicos y su
Museo siguen pareciendo un almacén de obras realizadas bajo
patrocinio real, que nos saben a rancia corte, sensación a la que se
añade que, en la capital, pocos conocen este edificio, situado entre
el Casino de Madrid y el Ministerio de Hacienda. Muchos son los que,
al pasar ante él, dudan en considerarla una institución de puertas
abiertas.
Tras haber velado largamente por el
desarrollo y patrocinio de las Bellas Artes, no fue hasta bien
entrado el siglo XX cuando la Academia se enfrentó a un importante
proceso de transformación, con el fin de desempolvar sus tesoros y
ponerse al día. Como resultado, el Museo que contemplamos hoy día se
ha convertido en una especie de “fondue” del arte, en el que, a modo
de “recorrido en el tiempo” pueden degustarse obras del Renacimiento
junto a esculturas contemporáneas.
En el número de marzo, Helena Pérez,
historiadora del Arte, visita las antiguas y nuevas instalaciones de
la pinacoteca madrileña, poseedora de un soberbio legado artístico.
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