|
Se
abren las puertas del palacio de exposiciones que cobija a la
edición 2003 de la TEFAF, la Feria Europea de Bellas Artes de
Maastricht, que celebra su veintiocho cumpleaños hasta el día 23 de
marzo. Tras atravesar un túnel de rosas y ¿cómo no? Tulipanes, los
visitantes del día inaugural se desparraman en masa por los pasillos
y encrucijadas, que ostentan nombres tales como Place de la Concorde,
Champs Elysées, Trafalgar Square, Madison Avenue o Place Vendôme,
hasta alcanzar el restaurante-terraza denominado Puerta del Sol.
Son los ricos y discretos del mundo quienes se
despliegan, siempre bajo el más educado murmullo en todas las
lenguas, por los dos centenares de estands que muestran una oferta
inimaginable en otro lugar.
Muchos de ellos han llegado en sus aviones
particulares al pequeño aeropuerto local o al de Bruselas, el más
próximo de los grandes y al otro lado de la inexistente frontera.
Otros se han acercado en los automóviles que, en el parking exterior
ofrecen un muestrario que podría superar con mucho los más
delirantes anhelos de cualquier amante del volante.
Anticuarios de trece países han sido capaces de
superar la criba que establece el riguroso sistema de control de
calidad que se exige a las piezas que se trata de mostrar. Tres de
ellos son españoles. Todos los objetos expuestos han debido
demostrar tanto su real autenticidad como las vías por las que han
llegado a posesión de sus actuales propietarios.
El historiador José María Solé recorre
en este número la última edición de la mejor feria de antigüedades
del mundo.
|