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El
Monasterio de Santa María de Poblet fue fundado por el conde de
Barcelona Ramón Berenguer IV a mediados del siglo XII (hacia
1150-1151), en un enclave casi virgen que reunía las condiciones
recomendadas por la orden del Císter: estaba aislado, disponía de
agua abundante y un entorno apto para la agricultura.
Para el conde, la experiencia de los cistercienses en la
roturación de nuevas tierras y en su explotación posterior era un
valor que debió tener muy en cuenta, al igual que los beneficios
espirituales que se derivarían del asentamiento de los monjes en
este lugar de la Cataluña meridional.
La sierra de Prades, muy próxima, estaba ocupada aún por los
musulmanes. Siurana, el centro de esta región, fue conquistada en
1154 y poco antes, en 1148 y 1149, habían capitulado ante el
ejército cristiano las ciudades de Tortosa y Lleida.
Hoy, como en el siglo XV, Poblet queda próximo a la vía principal
que comunica Cataluña con Aragón y Castilla y muchos de los viajeros
que recorrieron la Península en el pasado, aprovecharon su paso por
ella para visitarlo. En las crónicas y dietarios se habla
elogiosamente de la fábrica del Monasterio, del coro, del retablo
mayor y de las reliquias que atesoraba el templo, de la voluminosa
biblioteca que se había ido reuniendo y en especial del panteón
real, emplazado sobre unos arcos de diseño muy audaz, a ambos lados
del transepto de la iglesia.
Francesca Español visita en este número uno de los mejores
conjuntos monásticos de la Península, recuerda su historia y los
avatares sufridos por el complejo.
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