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Sus
fotografías forman parte de la memoria colectiva, hay personas a las
que asociamos inmediatamente a sus retratos, su biógrafo Pierre
Assouline ha llamado “el ojo del siglo” y se ha convertido en un
mito, a su pesar, por haber elevado el fotoperiodismo a una
categoría artística. Y sin embargo, hace ya más de veinte años que
colgó su leica para dedicarse a su primera y verdadera vocación: el
dibujo y la pintura. A punto de cumplir 95 años, Henri Cartier-Bresson,
inaugura este mes en París una fundación que lleva su nombre y la
Biblioteca Nacional de Francia le dedica una gran retrospectiva, que
se propine ir más allá del fotógrafo y hacer a su vez un retrato tan
exhaustivo como intimista del hombre.
En una callejuela sin salida de Montparnasse
–el barrio que fue capital del Cubismo, lugar de bohemia y meca de
los artistas de todo el mundo a principios del siglo pasado– ha
realizado Cartier-Bresson uno de sus sueños. Desde hace años, él, su
esposa, Martine Franck, y su hija Mélanie querían crear una
institución que evitara la dispersión de su obra. Conseguir la
aprobación del Estado para constituir una fundación cultural no es
tarea fácil en Francia: véase el caso de la hija de André Breton,
que recientemente ha tirado la toalla y en abril pasado subastó la
colección de su padre, fundador y teórico del Surrealismo. Pero,
finalmente, la administración dio su visto bueno al proyecto en
marzo de 2002.
Cristina Frade, corresponsal de
“Descubrir el Arte” en París, publica en este número todos los
detalles y datos útiles sobre la institución creada por Bresson, que
estará destinada a la promoción de nuevos talentos, y la
retrospectiva organizada por la Biblioteca Nacional.
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