|
Nacido
en París el 7 de junio de 1848 y muerto en las Islas Marquesas el 8
de mayo de 1903, Paul Gauguin es, como Van Gogh o Toulouse-Lautrec,
uno de esos artistas cuya fama se cimenta tanto o más que en sus
extraordinarios logros artísticos, en su leyenda de artista. Junto
con Van Gogh, su contemporáneo y amigo, ejemplifica aún hoy la
figura del artista víctima de la incomprensión de la sociedad en la
que le tocó vivir, y, ya en solitario, personifica el mito de la
huida en busca de una sociedad pura y virginal, aún incontaminada
por los vicios de la civilización.
Por lo demás, y al igual que sucede con la de
otros grandes posimpresionistas –Cézanne, Van Gogh, Toulouse-Lautrec,
todos ellos hombres “aislados”, protagonistas de diversos tipos de
huida– su obra es indisociable de su vida e inexplicable sin ésta.
“(...) Soy un gran artista y lo sé. Por esta
razón he soportado tantos sufrimientos, para seguir mi camino; si
no, me consideraría un farsante. Aunque esto es lo que me considera
mucha gente. Pero ¡qué importa! Lo que más me entristece no es la
miseria, sino los obstáculos continuos a mi arte, que no puedo
realizar como yo siento y que no puedo llevar a cabo y que me ata
los brazos”, escribió Gauguin, en marzo de 1892.
En el número de mayo, “Descubrir el Arte”
dedica un especial a la vida y obra del pintor francés, con motivo
del centenario de su nacimiento.
José Álvarez Lopera rastrea los pasos
del “salvaje” que se refugió en Tahití.
Asunción Doménech, historiadora,
entrevista a Carmen Thyssen: su obsesión por Gauguin la ha llevado a
adquirir en subastas internacionales hasta diez obras del pintor
francés, que se expondrán en una sala de la ampliación del Museo.
Javier Goñi analiza cómo la
vida del pintor francés ha fascinado a un sinfín de escritores.
Y Manuela Mena repasa el concepto de
exotismo en el arte occidental.
|