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Hace
tres siglos, el 27 de mayo de 1703, sobre las pantanosas islas de la
desembocadura del Neva en el Golfo de Finlandia, el zar Pedro I de
Rusia colocaba la primera piedra de la que iba a ser su nueva
capital. En el núcleo fundacional iba a erigirse la Fortaleza de
Pedro y Pablo, símbolo del poder zarista, y a partir de ella y sobre
una cuarentena de islas, iba a desplegarse una ciudad previamente
planificada.
El Zar había decidido abrir esta ventana a
Occidente, trasladando el centro del poder del Imperio Ruso desde la
Sagrada Moscú, centro de las viejas tradiciones y foco, al mismo
tiempo, de la más decidida reacción, a la que estaba dispuesto a
enfrentarse. A acelerado ritmo se comenzó a erigir la urbe. Los
arquitectos, sobre todo extranjeros, que participaron en el
proyecto, veían cumplido su más ambicioso sueño, diseñando a su
gusto enormes espacios, tirando a cordel kilométricas avenidas y
convirtiendo arenosas orillas en elegantes malecones.
Todos los estilos arquitectónicos dominantes en
la época estaban allí representados, bajo las formas más
espectaculares y en unas dimensiones verdaderamente desmesuradas, en
busca del dominio de la regularidad y la uniformidad, de la más
sobria belleza decorativa, recurriendo a diversos tonos pastel que
colorearon las fachadas de los edificios y consiguieron ofrecer los
efectos estéticos más sorprendentes.
La ciudad, uno de los conjuntos arquitectónicos
más deslumbrantes del mundo, escenario en el que se han escrito
algunas de las páginas más importantes de la literatura, el arte y
la historia social, cumple tres siglos de vida. José María Solé
recorre en este número el sueño de Pedro el Grande hoy,
trescientos años después de su gestación, y Daniel Utrilla,
corresponsal de “Descubrir el Arte” en Moscú, descubre los
tesoros del más importante museo ruso, el Ermitage, y entrevista a
su director, Mijail Piotrovski.
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