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El
primero que apreció la infinita valía artística de “La Gioconda” fue
Leonardo da Vinci, pues nunca quiso desprenderse de su creación. El
retrato más famoso de la historia de la pintura fue comenzado en
1503, y lo consideró siempre inconcluso. Sin embargo, la obra
presenta un perfecto acabado.
Quinientos años después de su elaboración, los datos que la
documentan son contradictorios y la verdad histórica de la obra está
por esclarecer de un modo preciso. Las fuentes que la citan
presentan diferencias cronológicas, aunque la fecha aceptada para su
comienzo es la de 1503. Según Vasari (biógrafo y artista
cinquencentista), sólo tardó cuatro años en pintarla. La
historiografía ha preferido fechar el fin de su elaboración entre
15013 y 1515. Sabemos que el genio siempre consideró el retrato
inacabado y que, con él, debió mantener un compromiso especial.
Los estudios técnicos llevados a cabo sobre la tabla revelan que fue
pintada a lo largo de mucho tiempo pues, en el paisaje se reflejan
los tardíos estudios geológicos del sabio científico.
La dama del retrato está identificada por Vasari como Monna Lisa,
mujer de Francesco del Giocondo, importante personaje florentino.
Otras fuentes apuntan a su identidad napolitana, con lo que no
podemos aceptar con seguridad la primera atribución, a pesar de que
tenga el nombre incorporado.
Hoy, el retrato se ha convertido en un icono de la cultura
occidental. Con motivo de su 500 aniversario, Inés Monteira Arias
desvela los secretos de la pintura de la noble dama, que ha sufrido
numerosos cambios a lo largo de todos estos años.
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