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La
llaman la ciudad de las vacas: Forth Worth, villa de vaqueros,
bandidos, rodeos, música country y rancheros del petróleo. Aquí es
donde, se dice, empieza el Oeste americano y, desde el pasado
diciembre, también donde está el segundo museo de arte contemporáneo
más grande de Estados Unidos.
En 1892, el célebre atracador Butch Cassidy se
refugió en Fort Worth después de haber asaltado su primer tren. Ese
mismo año, la ciudad abría su Museo de Arte Moderno, el primero de
Texas y uno de los pioneros del país. La peculiar mezcla de arte y
tradición vaquera ha sido desde entonces característica de este
suburbio de Dallas.
Su Museo de Arte Moderno estrena ahora sede, una
combinación de sensibilidad oriental y modernismo occidental, obra
del arquitecto japonés Tadeo Ando. Cristal, acero y hormigón para un
espacio de 47.000 metros cuadrados, 16.000 de galería.
Unas 2.600 obras, entre pinturas, esculturas y
otras piezas, se exhiben en sus paredes, entre sus recovecos de
vidrio o junto a su lago. Entre ellas, “Mujer reclinada leyendo”, de
Picasso, las “Veinticinco Marilyns multicolor”, de Andy Warhol y la
escultura “Vortex 2002” de Richard Serra.
Sólo el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA)
supera en dimensión a este museo, situado en el corazón, físico y
cultural, de Texas.
María Ramírez recorre en este número las
salas del centro y presenta la transformación arquitectónica
realizada por el arquitecto Tadeo Ando.
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