|
La
singularidad y excepcionalidad del arte del Tercer Reich ha hecho
muy difícil su tratamiento desde el punto de vista estético e
histórico-artístico. No han ayudado precisamente los “pinitos” del
mismísimo Hitler en la pintura y el diseño arquitectónico, que no
sólo confirman y explican su interés especial, y en el poder, por
esas materias, sino que además nos dicen mucho de sus frustraciones
y complejos, de los demonios interiores que tenía que exorcizar.
Entre los años 1933 y 1945, todas las formas culturales fueron
sometidas en Alemania el mismo lecho de Proscuto, amputándolas o
estirándolas, para hacerlas degenerar en propaganda inculcadora de
mitos y prostituirlas al servicio del poder. Los esfuerzos por
lograr una autolegitimación estética constituyen un rasgo singular
del nazismo, sin igual desde los grandiosos programas de las
monarquías absolutas. La lengua y el arte sufrieron el mismo
perverso proceso, pero la primera de forma seguramente más sutil,
pues caló en el inconsciente colectivo e impregnó la vida cotidiana
de la nación, al margen incluso de su utilización por los jerifaltes
nazis en sus discursos y textos.
María Cóndor analiza en este número las singularidades de aquel arte
nazi que vaciló entre el recurso al mito, las tradiciones más
rancias y las esencias eternas y las principales intervenciones de
los artistas del Régimen en Munich, Berlín y Nuremberg. En un
segundo artículo, Cóndor recuerda la historia de Albert Speer, el
arquitecto de Hitler, una de las figuras más ambiguas e interesantes
del Tercer Reich, que construyó espléndidos laberintos para el
Minotauro.
|