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Hay
profesiones “hereditarias”, todos lo sabemos. Hay notarías,
cátedras, consultas de dentistas, judicaturas, registros… Fácil que
sea médico el hijo del médico y abogado, el del abogado. Pero, ¿y
esas profesiones que están tan cerca de las aficiones, esas que
necesitan una suerte de dotación algo especial, esa gota de genio, y
que tienen que ver con el mundo de la sensibilidad y del gusto?
Pues también. Las sagas de pintores y
escultores, como las sagas de escritores, arquitectos, músicos,
actores y directores de teatro y cine, se suceden en todo el mundo y
se han sucedido en todas las épocas. En España, ahora, hay muchos y
buenos ejemplos: el recientemente desaparecido Eduardo Chillida y
sus hijos, y su hermano; Isabel Villar y Eduardo Sanz, y su hijo
Sergio Sanz; el escultor Fran Quintanilla y sus padres, los artistas
Isabel Quintanilla y Francisco López; Rafael Canogar y sus dos
hijos; Lucio Muñoz y Amalia Hacia y su hijo y la sobrina de ella…
Pero también la saga de los Halffter en la música, y la de los
Saura, cruzados el cine y la pintura, y la de los Fernández Alba y
los Fernández Ordónez en la arquitectura… No son más que algunos
ejemplos.
El fenómeno no deja de resultar paradójico. En
primer lugar, la “diferencia artística” es algo que sentimos como
estrictamente individual y propio, como innato y misteriosamente
concebido al que no tiene por la suerte o por los dioses. No
pensamos que sea genético ni aprendido: lo concebimos como un don.
Pero, a su vez, es contagioso, es pura transmisión, y eso también es
paradójico. No se trata, por tanto, de la transmisión de un negocio:
se trata de la transmisión de una pasión. Y no sólo la del creador:
también la del mediador. Rosa Pereda aborda en este número
alguna de las relaciones padres-hijos más curiosas del panorama
artístico español.
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