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En
la época de Lorenzo el Magnífico, momento de fundamental importancia
para el desarrollo de las artes en la Florencia del siglo XV, nació
Alessandro Botticelli en 1445, el mismo año en que Domenico
Veneziano acababa de terminar la célebre “Sagrada Conversación” para
la Iglesia de Santa María de Magnoli y Beato Angelico, los frescos
del Convento de San Marcos.
Su apodo, Botticelli, pudo derivar de su
constitución robusta, del hecho de que uno de sus hermanos fuera un
orfebre (“botigello”, en florentino) o de la anécdota que cuenta
Giorgio Vasari (1511-1574), el primer biógrafo de los artistas del
Renacimiento italiano. Según éste, el padre de Alessandro,
disgustado por el poco interés de su hijo por el estudio, le colocó
como aprendiz en el taller de un viejo orfebre amigo suyo.
Con el paso de los años, Sandro acabó por
convertirse en uno de los grandes maestros de la pintura de todos
los tiempos. Ahora, París se prepara para inaugurar una gran
antológica sobre este autor del Renacimiento, que vivió los
convulsos años de la Florencia de los Médicis y del monje Savonarola.
Fruto de un acuerdo internacional entre el Museo y la
Superintendencia Especial de los Museos Florentinos, la exposición,
que “sitúa el arte de Sandro Botticelli en el contexto político de
la Florencia de finales del Quatrocento”, reúne por primera vez unos
treinta óleos del pintor, algunos jamás exhibidos en público.
Óscar Caballero presenta en este número
los detalles de la muestra. Matteo Manzini analiza la vida de
Botticelli y descubre al artista atormentado escondido detrás de las
refinadas escenas mitológicas y poéticas que recreó. Y Miguel
Morán Turina explica cómo el pintor italiano fue el primer
artista que transformó a la diosa del Amor en mujer.
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