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El
29 de septiembre de 1993, el CGAC abría sus puertas, eligiendo para
tal ocasión una antológica de Maruja Mallo, que resultó un homenaje
de desagravio por un exilio no sólo físico. En una Galicia que ya
por aquel entonces quería atraer turistas a toda costa, la apertura
de un centro de arte contemporáneo creó un sinfín de expectativas.
Pero, como suele ocurrir con las inauguraciones
surgidas al amparo de las prisas e inconsistencias de elecciones y
Xacobeos, tras aquella primera muestra el CGAC se vio obligado a
cerrar vergonzosamente sus puertas durante el año 1994 y lanzarse a
la búsqueda de una programación y una identidad.
Fue entonces cuando las dudas hacia la
conveniencia o, mejor aún, necesidad de un centro de estas
características se unieron al tradicional rechazo hacia el edificio
de Álvaro Siza: Si los especialistas criticaban su excesivo
protagonismo frente a las obras expuestas, los ciudadanos y
visitantes cuestionaban su excesivo protagonismo frente al conjunto
histórico que lo rodeaba.
Como ocurre con tantos otros centros
museísticos de estas características, el CGAC en sí mismo no puede
ser concebido sin su magnífico contenedor, sin esa arquitectura
surgida de la magia deconstructivista de Siza. Repartió los 7.719
metros cuadrados de superficie total en cuatro plantas, haciendo de
la geometrización lineal y de la mezcla de piedra, cristal y metal
su seña exterior, mientras el mármol, la madera y la luminosidad del
blanco ensalzan su pulcritud interior. Esas dimensiones
relativamente reducidas se convierten en una ventaja desde el punto
de vista de la selección rigurosa de piezas para una muestra, o de
la atención de los espectadores, además de resultar igualmente
beneficioso para la economía del centro. Pero como es habitual en
estos edificios, no carece de inconvenientes a menudo insalvables,
sobre todo en lo referente al carácter impositivo de sus espacios:
sin llegar al grado de “arquitectura-espectáculo” de otros museos,
como el Guggenheim de Bilbao, lo cierto es que la arquitectura del
CGAC se impone en exceso.
En el número de octubre, David Chao
recorre las salas y colecciones del centro, en el décimo aniversario
de su apertura.
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