|
Así,
“La ciudad que nunca existió”, aunque sin interrogaciones, sin
dudas, afirmativamente, se titula esta exposición y propuesta de
lectura sobre la representación, en la pintura y en el arte en
general, de ciudades que nunca han existido. Se trata de ciudades
pintadas o instaladas, estas últimas como si fueran esculturas o
instalaciones, que recorren un muy amplio y complejo período
cronológico, de la Antigüedad romana a nuestros días. Son ciudades y
arquitecturas que unas veces son protagonistas de la obra y otras
secundan, acompañan o proporcionan la escena, el lugar teatral, de
lo que en esas representaciones acontece.
La intención es mostrar ciudades no reales o
que nunca hayan existido, con el fin de recorrer otros espacios más
inquietantes o nebulosos, imaginarios, de ensueño o de pesadilla, de
ciudades celestiales a infernales, de quietas y silenciosas como una
naturaleza muerta a otras llenas de intriga, de misterio, caminando
entre ciudades bíblicas y oníricas, del dolor y la angustia,
incluidas las metrópolis modernas y otras metáforas de lo urbano.
Las obras con las que se ilustra esta idea son
muy variadas, como puede suponerse en un tan amplio y general
recorrido por el tema, pero las hay muy interesantes y las hay un
poco azarosas, lo que es inevitable en cualquier exposición de este
tipo.
Delfín Rodríguez analiza en este número
los detalles de la muestra, sus aciertos y contradicciones, y
estudia algunas de las obras presentadas.
|