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Hecho
no demasiado conocido, la aportación de ciertos pintores al
desarrollo de la escultura moderna resultó crucial. Uno de ellos es
sin duda Henri Matisse (1869-1954), reconocido como uno de los
grandes pintores de la modernidad. De su obra suele destacarse una
cualidad esencial: un hedonismo visual capaz de reconducir hacia el
clasicismo más francés el feroz expresionismo de sus orígenes fauves.
Sus virtudes suelen resumirse más específicamente en su maestría en
el uso del color y del arabesco lineal.
Ambas cualidades, de entrada, nos hacen pensar
en algo puramente pictórico y, como tal, bidimensional. La compleja
obra de Matisse no sólo se adentra gozosamente en el dibujo, el
grabado y el collage sino también, y de forma muy importante, en la
escultura.
Por eso, una exposición como la que ahora
presenta el Instituto Valenciano de Arte Moderno, Centre Julio
González, resulta especialmente interesante y oportuna, mostrándose
además en una institución que ostenta el nombre de uno de los más
importantes escultores españoles del siglo XX.
María Dolores Jiménez Blanco sitúa a
Matisse en su contexto y explica su contribución a la escultura, su
admiración de juventud por la obra de Auguste Rodin y la visión que
tuvo el pintor francés sobre este arte.
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