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Inmejorable
compañía se han encontrado en esta rentrée otoñal los fieles
frecuentadores de la Ópera de Viena. A espaldas del emblemático
teatro de la Ringstrasse y sobre majestuosa escalinata, se alza,
orgullosa e invitadora a un tiempo, envuelta por los vecinos aromas
del chocolate de Sacher, la enorme estatua ecuestre del duque
Alberto Casimiro de Sajonia-Teschen.
Presencia espectacular la del espléndidamente
ataviado hombre a caballo, que da entrada al gran palacio que, desde
hace más de dos siglos, alberga las colecciones de la Albertina, el
más importante conjunto de grabados, dibujos, cuadernos de bocetos y
miniaturas existente en el mundo.
Era este Alberto de Sajonia (1771-1847) un
príncipe ilustrado, arquetípico producto de su época, aquel tránsito
del siglo XVIII al XIX que Europa vivía al calor y al terror de los
acontecimientos que se sucedían en la Francia de la Revolución.
Había contraído matrimonio con la archiduquesa María Cristina
(1742-1798), se dice que la hija preferida de la emperatriz María
Teresa, lo que le introdujo con el mejor pie hasta el mismo corazón
de la familia imperial, de la que se convirtió en pieza de primer
orden.
Así, convivió sucesiva-mente, primero, con su
gran suegra y, a continuación con sus cuñados los emperadores José
II –verdadero modelo del déspota ilustrado– y Leopoldo II, cuando ya
rodaba por el cadalso parisino la desgreñada cabeza de la hermana de
ambos, María Antonieta.
José María Solé informa en este número
sobre la reapertura del centro vienés –su inestimable legado– que
aúna, de forma magistral, el clasicismo con la más abierta
contemporaneidad.
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