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Exaltado
por unos y denostado por otros, odiado por los surrealistas,
sospechoso de haber sido complaciente con el invasor durante la
ocupación alemana de su país, y convertido en icono por la
militancia gay, Jean Cocteau sigue apasionando a los franceses y no
franceses.
La magna exposición que, comisariada por
Dominique Páini, le dedica ahora, en el cuadragésimo aniversario de
su muerte, el Centro Pompidou de París, pese a no ser todo lo
completa que podría serlo –especialmente curioso es que siendo una
muestra sobre un escritor nos topemos en ella con tan pocos libros–,
permite hacerse una idea de la complejidad del personaje.
Como muchos otros de los protagonistas de la
modernidad, Jean Cocteau empezó su recorrido en aguas simbolistas,
con libros como “La lampe d’Aladin” (1909) o “Le prince frivole”
(1910), y con la preciosa revista “Schéhérazade” (1909-1911).
Sus enemigos, que fueron legión, siempre le
reprocharon a Jean Cocteau, al quien alguien llamó con mala idea
“Jean Cocktail”, el que tuviera el don de la ubicuidad y de la
oportunidad, y que se aprovechara de los descubrimientos ajenos,
divulgándolos, frivolizándolos.
Con motivo de la retrospectiva organizada por
el Pompidou, “Descubrir el Arte” dedica en este número dos artículos
a la figura del creador, que fue amado y denostado por igual.
Juan Manuel Bonet, director del Museo Reina Sofía, analiza la
influencia de Cocteau entre sus contemporáneos. Y Óscar Caballero
explica el tránsito de Cocteau por todos los campos de la creación,
desde la pintura al cine.
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