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“París,
capital de Europa” es el título del último trabajo importante de
Walter Benjamin, escrito poco antes de que el gran crítico alemán se
suicidara en 1936. Benjamin examina en él muchas razones que hubo
para que la ciudad francesa se convirtiera en imán de artistas e
intelectuales en el siglo XIX.
La atracción de París como meca cosmopolita
perduró hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XX. Al
concluir la II Guerra Mundial, de todas las grandes capitales
europeas solamente París seguía siendo un centro artístico en plena
actividad. Los nazis de Hitler habían ocupado sus edificios
históricos pero no los habían bombardeado ni destruido. El mercado
del arte había sobrevivido y, en cuanto terminó la guerra, los
museos y galerías volvieron a abrir sus puertas.
Entre los artistas españoles que acudieron a
París a finales de la década de 1950, Gerardo Rueda tenía una
especial ventaja. Como la familia de su madre era francesa, él era
bilingüe y no tenía problemas para leer reseñas y catálogos
publicados en francés, un material que se llevó consigo a Madrid
cuando regresó a España.
Desde los años cincuenta, Rueda hizo frecuentes
viajes a parís, con el fin de visitar a sus primos, que vivían allí.
Su estilo había empezado ya a mostrar preferencia por las
estructuras arquitectónicas. No es sorprendente que el único pintor
informal que le interesó fuera Nicolas de Stael, cuyas obras, aunque
pintadas con espátula y en gruesos bloques de color, eran más
construidas y conceptuales que espontáneamente expresionistas.
Ahora, una exposición del pintor y escultor en
el Chelsea Art Museum permite comparar su obra con la de artistas
como Donald Judd, Jasper Johns o Rauschenberg, presentes en otros
centros de la ciudad. Barbara Rose anuncia los detalles de la
muestra y analiza la relación de Rueda con estos y otros artistas
coetáneos.
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