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Igual
que los Austrias, primero, y los Borbones, a continuación, fueron
los impulsores durante siglos de la exquisita colección de pinturas
de la Casa Real española, origen del Museo del Prado, los
emperadores chinos fueron expertos y tenaces coleccionistas de arte.
El resultado de su pasión es hoy el Museo Nacional del Palacio, en
Taiwán. Pero las similitudes acaban ahí.
Si los monarcas españoles eran, sobre todo,
apasionados de la pintura, los emperadores chinos dirigían su
atención a un número mucho mayor de productos artísticos, y si la
pinacoteca real española es producto de cuatro siglos de
coleccionismo, el “Tesoro de los Hijos del Cielo”, como se llamó a
las colecciones imperiales a partir del siglo XVIII, es dos veces
milenario, pues empezó a crecer en el siglo II a.C., bajo el mandato
del emperador Wu-ti, que ordenó hacer el primer inventario conocido
de pinturas, caligrafías y bronces antiguos de palacio.
Buenos coleccionistas de antigüedades, los
emperadores no sólo encargaron obras de su gusto y crearon escuelas,
sino que se esforzaron por rastrear su inmenso imperio en busca de
ellas. Son notorias, así, las piezas de jada de entre tres y cuatro
mil años de antigüedad y los bronces que se usaban en los rituales
funerarios.
El Museo Nacional del Palacio, en Taipei,
recoge las sutiles obras que coleccionaron los exquisitos
emperadores. Una selección de cuatrocientas piezas, elegidas entre
un total de más de 650.000 se muestran estos días en Bonn. Arturo
Arnalte, periodista e historiador, visita la muestra en este
número.
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