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El
pasado año se cerró con una buena noticia para los amantes y
visitadores de museos, que son muchos y muestran una amplia
gradación en esta su particular querencia. Una de las instituciones
emblemáticas de la vieja Europa –el Rijksmuseum de Amsterdam– ha
decidido dar una profunda vuelta a sus estructuras y proceder a una
renovación a fondo, que le haga perder algo de esa dorada vetustez
que, a pequeñas dosis, no deja de tener su encanto, pero que ya
resulta difícilmente aceptable como seña dominante.
En grata y palpable demostración de la tan
cacareada globalización del mundo del arte, ha sido un estudio de
arquitectura sevillano el elegido para llevar a cabo una profunda
transformación del gran edificio, recuperando, por una parte, una
planta entera para exposiciones y, por otra, los patios laterales,
bajo los que se establecerá una funcional zona de servicios.
Tres edificios anexos terminan de configurar
este proyecto: el Atelier Building, destinado a albergar las tareas
de conservadores y restauradores, y los dos que serán construidos
para emplazar, respectivamente, la colección de grabados y la de
objetos asiáticos propiedad del Museo, única en el mundo.
José María Solé,
historiador, presenta en este número los detalles del proyecto, que
ha desatado la previsible polémica en un país donde la población
está muy concienciada sobre las cuestiones de conservación del
entorno, y enumera las piezas más significativas de la colección del
centro.
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