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Entre
1917, cuando Miró, ya con 24 años, se juzga seguro de sus medios
para una primera exposición –en las galerías Dalmau, en 1918– y
1934, fecha del primer balance global tras su “retorno a la
pintura”–constituido por la serie magistral de 23 grandes telas de
1933–, más de 400 obras habrán salido de las minúsculas e
inconfortables habitaciones que le sirvieron como taller en Montroig
y París.
Ese lapso, “un amanecer artístico”, es el que Agnès de la Beaumelle,
conservadora del Museo Nacional de Arte Moderno de Francia,
consideró “definitivo para restablecer el puesto del artista balear
en la pintura del siglo xx”. Y para definir su “Joan Miró
(1917-1934). El nacimiento del mundo”, la exposición de la que es
comisaria, desde este mes de marzo y hasta finales de junio, en el
centro parisino Pompidou.
En zig-zag, la escenografía de la arquitecta Laurence Fontaine se
planteó “la transposición de esos ida y vuelta incesantes de Miró,
geográficos y conceptuales, entre Montroig y París, la naturaleza y
la ciudad, dúo permanente que se nutre de su oposición”. El
recorrido de la muestra se abre con Montroig-París; luego,
naturalezas muertas, paisajes y retratos (1917-1918), pinturas
detallistas (1918-1920), “carnets” catalanes, dibujos de 1924.
Importantes, los fondos: “los colores de la exposición –explica
Fontaine– armonizan con la paleta del pintor; sobre todo, con esos
fondos coloreados: azules, blancos lechosos, ocres amarillentos y
amarronados, tonos francos o mezclados, y lo que Miró llamó ‘no
colores’, según las series”.
Óscar Caballero desgrana en este número desde París los
detalles de la muestra, entrevista a la comisaria, y repasa la
relación pictórica que, a lo largo de toda su vida, tuvo Miró con
Francia.
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