|
Un
puñado de flecos desmadejados nos dejan hoy, fugazmente, la impronta
de quién fue José Lázaro Galdiano (Beire, Navarra, 1862-Madrid,
1947). No deja de ser un rizo perverso del destino el que uno de los
coleccionistas de arte más significativos de finales del siglo XIX y
primera mitad del XX haya quedado en ese limbo amargo del olvido.
Su vida fue una avalancha de aspiraciones
quebradas en tantos casos, una pasión por el arte desmedida, una
curiosidad infinita y una atracción casi desmedida por cualquier
objeto de valor.
La historia, su historia, comienza, más o menos,
cuando la Guerra de Cuba (1898) y pone su punto y seguido el pasado
mes de febrero cuando se reabrió el Museo que lleva su nombre
–adscrito a la fundación homónima– tras dos años y medio de reformas
y ampliación –el edificio cerró en enero de 2001–. Al frente, la
investigadora Letizia Arbeteta.
La que fue su fastuosa residencia, en el 122 de
la Calle de Serrano, vive un nuevo renacimiento con el objetivo de
que este rincón de la ciudad, que tiene cierto halo de templo del
refinamiento y arcón de extravagancias, alcance la atención y la
importancia que la gestión perezosa del centro le ha negado en
tantas ocasiones, a pesar de ser una institución adscrita a la Red
de Museos Estatales. Los tesoros que se esconden entre los muros de
esta mansión han sido largamente admirados. Ya en 1899, Rubén Darío
definía escuetamente el palacio como “una casa que es al mismo
tiempo un museo”.
El periodista Antonio Lucas recorre en
este número las salas del centro, presenta sus joyas y tesoros
emblemáticos y ofrece todos los datos útiles para visitarlo.
|