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Miguel
Ángel Buonarrotti, nacido en1475 en Caprese, pueblo de Toscana (hoy
Caprese Michelangelo), está considerado, desde el comienzo de su
actividad, como el auténtico símbolo y la encarnación del genio
absoluto, por el modo en que manifiesta una potencia creadora
incomparable y una desbordante riqueza de calidades expresivas.
Aun cuando sus primeras etapas le vinculan a Florencia, fue en Roma
donde más trabajó y con un rendimiento tan colosal que ha
sorprendido a todas las generaciones posteriores.
Su biografía está plagada de situaciones límite y de enfrentamientos
con los poderes oficiales. Epítome de tales tensiones dramáticas fue
el proceso de la monumental tumba del papa Julio II, reducida a una
mínima parte del programa inicial.
Uno de los sucesores de este pontífice, Clemente VII, sufrió la
tremenda humillación y la desoladora angustia del famoso saqueo de
Roma de 1527. Cuando después de tan trágicos acontecimientos pudo
comenzar a reorganizar la Ciudad Eterna y a proyectar nuevos
programas artísticos, se le ocurrió que Miguel Ángel pintase dos
grandes frescos que hubiesen completado la decoración de la Capilla
Sixtina: la Caída de los ángeles rebeldes y el Juicio Final.
El Museo del Prado ha encontrado recientemente entre sus fondos un
grupo de dibujos preparativos para el Juicio Final atribuidos a
Miguel Ángel y a su entorno. El primero de ellos, “Estudio de hombro
derecho, pecho y parte superior del brazo de un hombre”, es previo a
la elaboración del cuerpo de un demonio que se ve en la parte
inferior derecha de la gran composición. El segundo, “Estudio del
brazo derecho de un hombre, colgando” posee circunstancias técnicas
similares a las del precedente y parece haber sido hecho para uno de
los cuerpos menos fundamentales del conjunto.
En el número de abril, Juan J. Luna explica las
características técnicas de cada uno de ellos, su ubicación en el
conjunto final, y la historia de la gestación de la obra.
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